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RAFAEL CHIRBES, EN TAVERNES DE LA VALLDIGNA MIÉRCOLES 11 DE FEBRERO DE 2009, CASA DE LA CULTURA Quiero empezar esta presentación dando las gracias a las organizadoras del encuentro, por brindarme la oportunidad de hablar de las creaciones de un escritor al que admiro, cuya obra he seguido con sumo interés desde 1988, cuando apareció su primer libro, hasta el día de hoy. Añadiré también que, al haber sido socio durante años de un conocido club de vinos, pude disfrutar de los sugestivos artículos de viajes que nuestro autor publicaba mensualmente en la revista gastronómica que se incluía en la oferta del mencionado club. Por último, algunos vínculos de amistades indirectas me permitieron, a lo largo de este extenso periodo, alimentar la imagen de un artista insobornable y comprometido con su tiempo. Y ahora esbozaré algunas líneas de la vida de Rafael Chirbes, para anclar su obra en unos episodios que os ayuden a entender el origen de las inquietudes que la animan. Nuestro escritor nació en este pueblo, muy cerca del sitio en el cual nos hallamos reunidos; y aquí transcurrió su primera infancia. Aunque no voy a hacer una almibarada exaltación de ese dato. Luego, a los ocho años, tuvo que ingresar en internados de tierras castellanas azotadas por la nieve y aplastadas por un cielo omnipresente, donde permaneció otros ocho años, mientras la miseria moral y material, que engordaba a la dictadura franquista, se extendía por todo el país. Fue, sin duda, una experiencia que le dejó huella en la memoria, y que algunas páginas de sus novelas recogen fielmente. Después, tras esos rudos años de aprendizaje, soportados con una voluntad que uno intuye que es de hierro, se trasladó a Madrid a mediados de los sesenta, en una de cuyas universidades cursó la licenciatura de Historia Moderna y Contemporánea. Esa misma década, que en el resto del mundo occidental vio levantarse oleadas de protesta contra una sociedad caduca, protagonizadas por estudiantes y obreros de capitales tan emblemáticas como París, Berlín o San Francisco, alentó a su vez las primeras movilizaciones importantes de jóvenes en España, donde partidos políticos y sindicatos clandestinos tejieron una amplia red de oposición a la dictadura atrayendo a universitarios comprometidos en la defensa de otro proyecto social. Y Rafael Chirbes participó muy activamente en ellas desde la militancia de izquierdas. También esta experiencia, que incluiría un ingreso en la cárcel de Carabanchel, perfiló de una manera decisiva los rasgos de su sensibilidad; y hay que tenerla bien presente para entender el conjunto de su obra. Más tarde, en los primeros años de la transición a la democracia, y a causa de sus antecedentes penales, y, quizá, por algunas decepciones sufridas ya en el camino, se vio obligado a buscar un medio de subsistencia en el extranjero. De esa época hablamos cuando mencionamos su estancia de un año en Marruecos, como profesor de español, de la cual obtendrá intensas vivencias que le servirán para elaborar, tiempo después, su primera obra publicada. Regresa finalmente a Madrid, ciudad en la que se gana la vida como crítico literario; hasta que entra a formar parte del equipo de la revista Sobremesa, para la cual realizará, durante quince años, reportajes de ciudades de los cinco continentes, acompañados con fotografías muy cuidadas que él mismo tomará. Y así Chirbes viaja continuamente; y sus desplazamientos lo llevan a Tokio, a Pekín, a Hong Kong, a Nueva York, a Sydney, a Atenas, a El Cairo, a Estambul, por citar solo unos cuantos de los lugares que visita. Tampoco en España parece conformarse con una residencia definitiva, pues vivirá en la capital, en Barcelona, en La Coruña, en un pueblecito de Extremadura… Sin embargo, desde el año 2000, reside en la comarca alicantina de la Marina Alta, donde dedica la mayor parte de su tiempo al trabajo propio de un escritor. Ocho son las novelas que lleva publicadas, a las que hemos de añadir un volumen de ensayos y dos preciosos libros de viajes, que reúnen diversos artículos aparecidos antes en la revista citada arriba. Pero ahora vamos a dirigir nuestra atención a su obra narrativa. Se equivocan quienes atribuyen la mayoría de sus libros al género de la novela social, si por ella nos referimos al que pinta un fresco de una época por la que desfilan personajes. Algunos críticos han repartido su producción, tal vez de manera un tanto ingenua, en un primer bloque de novelas esencialmente introspectivas, del yo discursivo, donde se incluirían Mimoun, En la lucha final, La buena letra (objeto de la charla que mantendréis después con Rafael), y Los disparos del cazador. Y un segundo bloque, posterior en el tiempo, y más inclinado hacia lo externo, que abarcaría La larga marcha, La caída de Madrid, Los viejos amigos y, la que, a mi parecer, constituye su obra maestra, Crematorio, un texto volcánico y depurador, Premio Nacional de la Crítica de 2008, y, hasta ahora, su último libro. Cierto es que, en el primer grupo de novelas, un narrador o una narradora que forma parte de la historia contada, desenrolla el hilo argumental; y en las restantes, Chirbes adopta muchos puntos de vista, que asignan el protagonismo a distintos personajes en diferentes capítulos, cuyos tiempos, a veces, se solapan. Pero, tanto en un caso como en el otro, si uno lee con detenimiento, los límites entre lo personal y lo social se desvanecen, porque no podemos olvidar que vivimos en el mundo, rodeados de personas, en continua interacción con los demás, y limitados o impulsados por ellos. Hay, si acaso, diferencias de grado entre sus novelas; nunca abismos que separen una soledad sin fondo del ruido atronador de los mercados. Pero el equilibrio necesario es frágil, y los personajes de Chirbes se esfuerzan por recuperarlo; aunque por vías muy dispares, donde, en cualquier caso, el teatro y la impostura disparan sus fuegos de artificio. Un tema importantísimo también en la narrativa de nuestro autor. Y en esta variedad de ángulos perceptivos para captar la exuberancia de la vida, radica uno de los mayores logros de su obra, que huye de esos púlpitos que sermonean sobre bondades y maldades absolutas. Pues todos los personajes de nuestro novelista muestran aspectos oscuros y luminosos; incluso aquellos que, en principio, uno situaría cerca de las preferencias del autor. Supongo que él mismo fragmenta su personalidad y la distribuye entre muchas criaturas de sus libros, para someterse a examen desde fuera y observarse como otro; con lo cual alcanza niveles de penetración psicológica verdaderamente estremecedores, pues Chirbes es un espeleólogo de la mente, con una capacidad de descenso en el alma humana vertiginosa. Ahora bien, lo dicho hasta este momento sobre la ausencia en su obra de juicios morales categóricos, no la conduce a uno de esos relativismos a la carta, que afirman que nada es mejor que nada. O, dicho de otro modo, que todo vale. Porque, más allá de los criterios de cada cual, la vida agrupa a los individuos, ya que el hombre es una animal social. Y esta realidad subraya otro aspecto que, en las novelas de Chirbes, fomenta el debate entre lo justo y lo injusto, animado por una amplia gama de conductas que nos enseñan, con frecuencia, perspectivas opuestas del mundo. Aunque algunas de tales conductas tienen, por desgracia, la capacidad de influir poderosamente en nuestras vidas. Remitámonos, si no, a la actual crisis, fruto de comportamientos acaparadores y destructivos. El autor anota en su libro Mediterráneos (pp. 119-20) las consecuencias de todo ello cuando describe, refiriéndose a una costa cercana a la nuestra, “los bancales abandonados a la espera de la llegada de las grúas, los pinares minados por las urbanizaciones, las laderas pedregosas calcinadas por el fuego, las viejas y armónicas casas sustituidas por feos edificios que las ramas desnudas de los plátanos dejan impúdicamente a la vista, los flamencos de la laguna enjaulados entre los bloques de apartamentos, las máquinas que convertían los pintorescos caminos en carreteras, o que transformaban un bonito y melancólico puerto en un hangar para contenedores, las monótonas colmenas humanas que moteaban las laderas de las montañas y vigilaban el mar desde el lomo de las calas, las casas de campo en ruinas”. Y ojo, porque acabo de leer un texto perteneciente a una obra publicada doce años atrás. Sí, Rafael Chirbes es un escritor lúcido, enormemente sincero consigo mismo, que pone el dedo en la llaga de un tiempo de renuncias, cosmética y oportunismo, donde sólo unos pocos permanecen fieles a su memoria, mientras que la mayoría se deja arrastrar por el olvido. Pero también distinguimos su grandeza cuando se enfrenta con pulsiones tan humanas como el sexo, el amor y la muerte, con un arrojo que desarma a sus lectores; pues hay en su prosa una nota sostenida que la recorre de cabo a cabo, dando el tono a voces engendradas por la desolación, que minan la aparente firmeza de sus personajes, expuestos a la tormenta de los años y a la tentación de enmascararse. Nos visita hoy uno de los mejores escritores contemporáneos; sin duda, el más destacado de su generación en lengua castellana, cuyo fulgurante éxito en Alemania nos recuerda que hemos de empezar a despabilarnos. Y aunque muchas de sus obras aún no estén a vuestro alcance, puesto que requieren una experiencia acumulada de la vida, algún día lo estarán, y haríais bien en recurrir a ellas. Habéis leído ya La buena letra, que habla de un tiempo y unas circunstancias que todos debemos esforzarnos por conocer mejor, porque nuestras raíces se nutren de ese abono. Pero ahora es vuestro turno. Y ojalá mi torpeza para expresarme con mayor claridad no os haya confundido, en lugar de animaros a participar libremente en la charla que mantendréis con Rafael Chirbes a continuación. Aunque pienso yo que, para un escritor como él, será un gozo poder responder a las preguntas de un público adolescente y poco resabiado todavía. Así que no desperdiciéis esta ocasión de oro para charlar con un artista próximo y humano, pues, como dice uno de sus personajes en la novela Crematorio (p. 269), “sólo se es inmortal hasta cierto punto, y durante algún tiempo; sólo durante algún tiempo y hasta cierto punto se es joven”. ¡Venga, adelante!, ¿a qué esperáis?
Roger Rodrigo, miércoles 11 de febrero de 2009
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